La mortalidad debida al cáncer de mama ha descendido  en un 30%  desde que se generalizó el uso de la mamografía y los programas de cribado poblacional para el diagnóstico precoz de cáncer de mama. La supervivencia ha mejorado hasta alcanzar niveles cercanos al 90% y la calidad de vida de las pacientes también ha mejorado en porcentajes importantes.
Entre nuestros conocidos y amigos, es frecuente conocer a personas que han superado un cáncer de mama pero, en el momento del diagnóstico, mis pacientes no pueden evitar recordar otros tiempos donde la mortalidad era más elevada..
La pregunta clave es: “¿Me voy a morir?
Esta pregunta se repite semana a semana. Son momentos duros para ellas y para mí. Mi respuesta siempre es dar información que ayude a calmar ese miedo. Esta es una enfermedad  con pronósticos muy diversos según los subtipos de cáncer, los grados de agresividad que presente, el tamaño o forma del tumor. Aún así, las tasas de supervivencia son muy altas y son escasos los progresos de la enfermedad después del tratamiento. La buena noticia es que siempre existe un buen tratamiento.
Calmar ese miedo a la muerte me preocupa. Esta semana, una de las pacientes a la que practicamos una biopsia estaba asustada ya antes de conocer el resultado. Me ha costado convencerla que seguramente estábamos delante de una enfermedad curable y que no valía la pena el miedo que estaba pasando.
Algunas mujeres incluso rechazan saber la verdad y eluden el diagnóstico para no enfrentarse al cáncer de mama. Hace unos días una mujer con signos evidentes de un tumor avanzado me decía que ella no notaba nada.  Fue cuando  le propusimos la biopsia cuando me preguntó que si eso podía ser algo importante.
El duelo a la noticia del cáncer es una fase real  y en gran parte debido a su potencial mortalidad: El miedo a morir es normal.
Cuando en nuestro entorno sufrimos la perdida de un ser querido son momentos de dolor  y pena por la separación. Recordamos a esa persona e imaginamos muchas ocasiones en la vida en las que compartimos alegrías o penas que ya no volverán a presentarse. No poder imaginar qué nos espera después de la muerte  también nos puede crear una gran ansiedad.
Cuando se diagnostica un nuevo cáncer, todo ese miedo y sensaciones dolorosas surgen de golpe.
Todavía hay casos donde no podemos bloquear a la enfermedad.
Hoy en día el cáncer en general y el de mama en particular se cura en grandes porcentajes. En algunos casos puede llegar a convertirse en una enfermedad crónica donde se alternan periodos en los que la enfermedad desaparece (remisión) y periodos en los que vuelve a presentarse la enfermedad. Son los casos más difíciles. Alargan la vida del paciente e incluso permiten que en el intervalo libre de la enfermedad se descubran nuevos tratamientos que permitirán un mejor control de su enfermedad.
Pero todavía perdemos batallas. Existen algunos casos (pocos) en los que ningún tratamiento resulta eficaz por lo avanzado de la enfermedad o por la especial agresividad de los tumores. Esos casos no se olvidan: duelen a amigos y familiares y duelen a los profesionales que luchan con esos pacientes. Cada batalla perdida nos invita a seguir estudiando y seguir investigando.
Esta semana en las redes ha tenido gran repercusión la carta de despedida del escrito y neurólogo Oliver Sacks. El científico, al saber que a los 81 años se encuentra en una fase terminal de un cáncer, nos deja una despedida alegre y positiva ante la noticia de su muerte en un tiempo corto.

“Por encima de todo, he sido un ser con sentidos, un animal pensante, en este maravilloso planeta y esto, en sí, ha sido un enorme privilegio y una aventura”.

No dejéis de leerla ayuda a poner las cosas en su justo valor.
Carta publicada en el New York Time: My Own Life. Oliver Sacks on Learning He Has Terminal Cancer
Noticia publicada en El País y carta traducida.