Querida ciudad de Barcelona,

Tú, que me has visto nacer, hoy estas triste. Tú, que eres ciudad alegre, luminosa, abierta y acogedora, ¡cómo has llegado hasta aquí! Herida en tu corazón, ahí donde más duele, en las Ramblas, ese alegre paseo que los residentes de Barcelona hemos cedido a la humanidad, a los miles y miles de visitantes que la pasean.

Desde la tarde del fatídico atentado no he dejado de pensar en cómo expresar mis sentimientos. Está siendo difícil. No es la primera vez que escribo después de un atentado, lamentablemente es algo que se repite. Sí, ya sé que es algo que ocurre a diario en distintos países del mundo, la mayoría de veces países con escasos recursos, de los que ni nos acordamos a los escasos minutos de escuchar la noticia. Nos impacta más cuando ocurre en ciudades europeas, cercanas. Cuando pensamos que nos puede ocurrir a nosotros, a nuestros padres, hijos o hermanos. Pero hoy ha tocado en casa y eso duele, duele mucho. Afortunadamente entre las víctimas no había ninguna persona de mi entorno, pero no dejo de pensar en el dolor de esas familias. Paseaban en nuestras Ramblas en busca de un recuerdo agradable y se encontraron con la más macabra de las muertes. Niños, madres, padres, abuelos… Familias.

Si algún consuelo he encontrado en estos días ha sido el despliegue de amor y solidaridad que generó un hecho tan reprobable. Un sólo individuo rompiendo el corazón de millones de ciudadanos dando lugar a una explosión de solidaridad y de historias que no debemos olvidar.

La tarde del 17 de agosto me encontraba fuera de la ciudad, de vacaciones y con mis familiares más cercanos controlados fuera del escenario terrorista. Quizás las fechas y la suerte ayudaron a que ningún vecino de la ciudad se encontraba entre la lista de fallecidos.

Héroes anónimos

Desde el primer momento imaginé la jornada que les esperaba a los hospitales de la ciudad. Una catástrofe así sobrepasa a cualquier previsión. Las emociones de nuestros equipos sanitarios iban a estar a flor de piel. Nuestros héroes anónimos salvaron la vida de algunos de los heridos. Se presentaron voluntarios, alargaron sus jornadas y lloraron en los rincones de los hospitales. Como nos explica el Dr. Escolano: “Vi a especialistas con mucha experiencia llorar”. Los hospitales se llenaron de gestos solidarios, traductores de todos los idiomas, donantes de sangre y taxistas que llevaron de forma gratuita a la gente.

El servicio de radiología de todos los hospitales de la ciudad trabajó codo a codo con los cirujanos y médicos de urgencias. Muchos radiólogos se presentaron voluntarios. El Dr. Donoso, Director del servicio de radiodiagnóstico del Hospital Clínic, explicaba cómo se organizaron en su servicio en esta entrevista.

Sobrecoge la historia de Noroollagh, afgano de 29 años que trabajaba esa tarde en un restaurante de Las Ramblas y acudió sin pensarlo a ayudar a los heridos todavía atrapados debajo de la furgoneta asesina antes de que se acercase ninguna otra ayuda. El primero en ayudar un niño de apenas cuatro años: “En mi país esto es habitual”.

Nuestros turistas, a veces denostados por su exceso en la ciudad, también protagonizaron historias inolvidables. Como la enfermera norteamericana Heather Martin, que prefirió permanecer en Las Ramblas y auxiliar a los heridos quedándose con Fátima, una niña francesa de origen marroquí de apenas 10 años cuya familia se vio afectada en su visita a la ciudad. “No dejes que muera mi mami“, pedía la niña. Heather ha creado un vínculo con Fátima y su familia que le ha llevado a recaudar dinero para ayudar a que Fátima sea una enfermera en el futuro!

Harry Atwhal es otro de nuestros héroes de visita, que parece que el destino colocó en el escenario del crimen para compensar tanta maldad. Harry es un británico de 44 años que estaba en un restaurante en Las Ramblas en el momento del atentado. Al mirar por la ventana y ver los cuerpos sin vida no dudó en salir y quedarse junto a un niño pequeño para no dejarlo morir solo en medio de la calle. Imagino la escena y se me rompe el corazón de pensar en que pueda ocurrir algo así con alguno de mis seres queridos. Harry decidió arriesgar su vida y seguir ahí junto al niño.

El horror de la muerte evitable golpea mi cabeza, esa que vive empeñada en arrancar a la muerte algunas de sus víctimas, prolongando vidas gracias al empeño de la ciencia. Muertes absurdas, dolor gratuito, odio y diferencias, algo evitable. Ninguna idea vale una vida, me repito a mí misma. ¿Por qué? Por tener la razón y no corazón.

No sé cómo, pero me gustaría que estos miles de gestos solidarios fueran capaces de contagiarse hasta erradicar la violencia y la maldad de este planeta. En realidad somos muchos más los que así lo deseamos, ¡un ejército! Quizás por eso, Barcelona, orgullosa de su ejército, se revela con el grito #notincpor, cuando en realidad todos tenemos miedo, miedo a esas heridas, a esa muerte, a ese odio.

#T’ESTIMOBARCELONA

imatges

0.00 - 0 Votos

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>