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Ser madre es el proyecto más difícil y apasionante de mi vida. Como madre de tres hijos, emoción no me falta pero esta semana ha sido especial. Mi hija mayor ha vuelto de Londres después de residir allí durante los últimos ocho años. Si, 2.920 largos días. Mi alegría es tan grande que no podía dejar de comentarlo en el blog.

Hace ocho años mi hija terminaba sus estudios universitarios y se proponía ir a Londres a pasar unos meses para mejorar su nivel de inglés. Todavía no se hablaba de crisis ni nada parecía prever lo que luego pasó.

Recuerdo perfectamente el día de marzo de 2008 en el que se marchó y como en pocas semanas consiguió una excelente oportunidad profesional. Un trabajo duro, pero para un recién licenciado, una oportunidad soñada que muchos de sus compañeros envidiarían.

El azar quiso que coincidiese su primera jornada laboral con nuestra primera visita a Londres y toda la familia pudimos acercarnos a saludarla hasta la puerta su trabajo, un impresionante edificio de cristal en el distrito financiero de Canary Wharf. La escena me recordaba a una película de Paco Martínez Soria. A ella se la veía pequeña ante ese gigante de cristal. Entre sonrisas y emoción, ahí estábamos sus padres y sus hermanos pequeños deseando conocer como iba a empezar la aventura londinense. Nada de lo ocurrido después pasaba por mi imaginación en esos momentos.

En aquel tiempo la tecnología se convertiría en un gran aliado para las dos. Recuerdo perfectamente como me iniciaba en las redes sociales mediante un perfil en Facebook y en Flickr solo para poder comunicarme con ella. Luego vendrían muchos otros perfiles en otras redes sociales. También para mi se iniciaba una aventura en la red, un lugar donde he podido conocer a otras personas que comparten aficiones, profesión,  he podido cambiar la manera de informarme o formarme e incluso como de comunicarme con mis pacientes. Todo ha cambiado mucho en estos ocho años. Quien me hubiera dicho entonces que acabaría compartiendo experiencias y conocimientos en este blog.

Las dos hemos aprendido cosas muy importantes en estos ocho años. Ella salía de casa casi como una niña y ahora es toda una mujer con una carrera profesional y una vida propia por delante.

También gracias a Internet hemos podido comunicarnos incluso a veces más intensamente que si hubiera estado en Barcelona. Son muchas las cenas compartidas con una pantalla de por medio y muchas las emociones vividas cada una a un lado del ordenador: lágrimas y risas tecnológicas.

A los pocos meses de irse a Londres estalló la crisis financiera., Ella desde allí y nosotros desde Barcelona lo pudimos seguir casi de primera mano. Tanto a Londres como a muchas otras ciudades europeas no han parado de llegar nuestros jóvenes y con facilidad han encontrando un trabajo.

Aquí en España sin embargo poco a poco se han ido cerrando las puertas a los jóvenes dejándolos sin esperanza de encontrar un trabajo al terminar sus estudios. Lo que al principio me pareció una suerte pronto me parecería una trampa que no le permitiría volver nunca más. Afortunadamente para mí su etapa Londinense parece haber terminado. Siempre pensé que era una suerte su oportunidad laboral en Londres pero estamos acostumbrados a tener la familia cerca y ya me pesaban esos años.

Ocho años después aquí la tenemos dispuesta a empezar una nueva etapa laboral y personal. Su padre, sus hermanos, demás familiares y yo le deseamos lo mejor. No sabemos si el futuro que le espera será aquí o en otra ciudad del mundo pero de momento estamos  en etapa de vuelta a casa.

Son muchas las madres que como yo esperan el retorno de sus hijos.  En estos años una verdadera epidemia. Desde aquí os mando un abrazo a todas esas madres que tenéis hijos fuera y os deseo una pronta y exitosa vuelta a casa de vuestros hijos.

Pero ¿qué futuro le espera a ella y a esos jóvenes que vuelven? Aportan conocimientos y un bagaje que no debemos despreciar. ¿Seremos capaces de darles una oportunidad? ¿Valoraremos su experiencia o están condenados estos jóvenes al exilio?

Una gran incógnita  que dependerá en parte de todos nosotros. Dar oportunidad a los jóvenes debería ser nuestro objetivo, de lo contrario nos encontraremos pronto sin relevo generacional y sin futuro como país.

Lo dicho, ¡bienvenida mi niña!

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